Error
Error. Curiosa palabra a la par de bonita. Tres letras, una de ellas varias veces repetida. Es insignificante. Y puede hacer mucho daño. Errar es humano, y no lo digo yo, lo dice el dicho. Pero es más cierto de lo que parece. No nacemos con un manual de instrucciones entre las piernas ni nada por el estilo, así que solemos equivocarnos con frecuencia porque en ocasiones no somos capaces de discernir entre lo que está bien y lo que está mal.
Y entonces erramos. Y la hemos cagado. Porque entra en juego la sociedad, esa maravillosa sociedad en la que vivimos, carente de prejuicios (nótese la ironía), que nos etiqueta de un modo u otro, sea verdad o no. Y sin darte cuenta te ves convertido en algo que no eres, y acabas creyendo su propia versión de tí mismo. Y eso ya no hay Dios que te lo quite.
Lo que hay que hacer, intuyo (y digo intuyo porque por desgracia no soy ningún especialista en la vida), es sonreír, y siempre mirar hacia delante. Porque, citando otro dicho popular, de los errores se aprende, y no hay mal que por bien no venga. Es cierto. Los errores son enseñanzas, forjan tu carácter de un modo firme y seguro. Nos hacen caer, pero a la vez nos ayudan a encontrar las fuerzas para levantarnos. No importa cuánto tardemos en hacerlo, simplemente, nos levantamos. Y todo queda muy lejos cuando damos el primer paso; al segundo paso, ya ni existe. Y al tercero te das cuenta de que si que existe, porque tienes una etiqueta puesta.
Lúcela con orgullo. ¿No se supone que cuántos más errores, mayor es el aprendizaje y la experiencia?
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Todo en esta vida es constructivo.